Referencia: Peru21
En el Perú, 7 de cada 10 menores de 17 años ya acceden a internet. Pero seguimos actuando como si fuera una elección. Como si bastara con prohibir el uso de móviles o instalar filtros parentales.

La serie Adolescencia, disponible en Netflix, nos enfrenta con crudeza a un mundo digital en el que viven millones de niñas, niños y adolescentes. Estamos abandonando a muchos de nuestros menores cuando más nos necesitan. El internet, aunque tenga millones de usuarios, puede ser un lugar solitario y peligroso.
La serie nos hizo conscientes de lo poco presentes y preparados que estamos, en las escuelas y en las familias, para educar en lo digital.
En el Perú, 7 de cada 10 menores de 17 años ya acceden a internet. Pero seguimos actuando como si fuera una elección. Como si bastara con prohibir el uso de móviles o instalar filtros parentales.
La realidad es más compleja: muchos hogares tienen acceso a internet, pero están emocionalmente desconectados. Muchos adultos pagan el internet todos los meses pero ignoran o temen lo que hacen sus hijos en línea, y los adolescentes encuentran en los memes, fake news e influencers respuestas que no hallan en casa.
Por eso, más que prohibir, necesitamos ejercer la mediación parental digital (MPD): un enfoque activo, basado en el diálogo, la presencia, el ejemplo y el co-uso de la tecnología.
No se trata de ser expertos, sino de acompañar, conversar y construir reglas familiares consensuadas. Ver contenidos juntos, reflexionar sobre los riesgos, hacer preguntas incómodas sin juzgar, es más efectivo que cualquier aplicación de control parental.
También es momento de dejar de llamar “nativos digitales” a quienes, en realidad, solo han aprendido a operar dispositivos y consumir contenido.
El verdadero desafío es desarrollar primero en nosotros, y luego en ellos, una cultura digital basada en la autorregulación, la autoprotección y el pensamiento ético. No basta con saber usar las herramientas: hay que tomar control de nuestra experiencia digital y promover lo mismo en ellos.
¿Qué significa esto en la práctica?
No hay reglas universales: cada familia, cada niño o niña, son desafíos únicos. El medio de cambio ante el abuso de lo digital es nuestra dedicación y tiempo. Algunos ejemplos:
- Compartir el móvil antes de entregarles un dispositivo propio permite crear una dinámica con nuestros hijos e hijas en la que somos parte de su uso de lo digital.
- Consensuar un horario familiar (para adultos y menores) de uso de la tecnología y ponerlo en una pizarra en la sala de la casa.
- Ver juntos un video de TikTok y preguntar: ¿por qué crees que se volvió viral? ¿te parece real lo que muestra?
- Compartirles publicaciones de Instagram que a ti te gustan o que son de fuentes que has verificado y validado.
- Usar Google o ChatGPT juntos para una tarea escolar y debatir qué fuentes son confiables.
- Jugar en línea con tus hijos, no solo para vigilarlos, sino para comprender su mundo y compartirlo.
- Crear un grupo familiar en WhatsApp en donde se comparta lo cotidiano con quienes viven lejos.
- Diseñar juntos una playlist familiar, digitalizar fotos antiguas o crear un canal privado en YouTube donde la familia grabe experimentos de ciencia o recetas de cocina.
- Crear una hoja de cálculo en la nube donde se anoten los puntajes del juego de mesa preferido, para premiar al ganador total a fin de año.
Este enfoque de co-uso —donde adultos y menores usan la tecnología de forma compartida— crea confianza, rompe silencios y enseña con el ejemplo. Es mediación participativa: nos sentamos al lado, no encima.
¿Por qué no ayudarles a descubrir canales de ciencia, arte, música, deportes, humor o activismo social? La vida digital puede ser un campo de batalla o un jardín. Todo depende de con quién la transites.
La ausencia de políticas públicas integrales no puede ser excusa. Así como exigimos conectividad en las escuelas, también necesitamos espacios comunitarios donde las familias puedan aprender juntas a convivir con la tecnología. Desde el hogar, podemos empezar: con rutinas compartidas, actividades en línea que unan, y conversaciones que incomoden pero formen. La tarea de cuidar —y cuidarnos— en lo digital no se delega a la tecnología: se asume.
La serie Adolescencia nos recuerda que nuestros hijos necesitan adultos presentes, dispuestos a aprender con ellos y que persistan, aun cuando les cierren las puertas de sus cuartos. ¿Estamos listos para estar ahí? ¿O seguiremos delegando la responsabilidad a la propia tecnología?